Devocional día 77: Busca el amor de Dios
Busca el amor de Dios cuando te sientes lejos de Su presencia.
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Romanos 5:8
Introducción
La realidad es que hay días donde uno no se siente cerca de Dios. No porque Dios se haya movido, sino porque el corazón se enfría, la conciencia acusa, la rutina pesa, y uno empieza a caminar por dentro como si estuviera regresando de una guerra que nadie vio. Y en esos momentos, si no tenemos cuidado, comenzamos a medir el amor de Dios por lo que sentimos, por lo que entendemos, o por lo bien que hemos caminado. Pero la Palabra de Dios nos lleva por otro camino. Nos lleva a la cruz. Allí no encontramos un amor débil, emocional y cambiante; encontramos el amor santo de Dios demostrado en Cristo, cuando nosotros todavía éramos pecadores.

Lee la Palabra de Dios
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Romanos 5:8
Reflexiona
Como podemos apreciar, Pablo no dice que Dios simplemente habló de Su amor. Dice que Dios lo mostró. Y esto es importante, porque el amor de Dios no es una idea flotando en el aire, como una nube bonita que uno mira desde lejos. El amor de Dios fue demostrado en un lugar específico, en una obra específica, por medio de una persona específica: Jesucristo muriendo por pecadores.
Digo esto porque muchas personas quieren sentirse amadas por Dios, pero no quieren mirar seriamente la cruz. Quieren consuelo, pero no quieren hablar de pecado. Quieren cercanía, pero no quieren arrepentimiento. Quieren un Dios que abrace, pero no un Dios que santifique. Y ahí tenemos que tener cuidado, porque el amor bíblico no es una manta para cubrir nuestra rebeldía; es una llama santa que nos llama a volver al Señor.
El texto dice: “siendo aún pecadores.” Fíjense bien en eso. Cristo no murió por nosotros cuando ya estábamos limpios, fuertes, obedientes y con la vida bien acomodada.
Cristo murió por nosotros cuando estábamos en pecado. Esto no debe llenarnos de orgullo, debe quebrantarnos. Porque si entendemos algo de la gracia, entonces dejamos de presumir y empezamos a adorar.
Preguntémonos algo: ¿por qué tantas veces vivimos como si tuviéramos que convencer a Dios de que nos ame? Si Cristo murió por nosotros siendo aún pecadores, entonces el amor de Dios no comenzó cuando nosotros empezamos a portarnos bien. El amor de Dios nació en Su propio carácter santo, fiel y misericordioso. Nosotros no fuimos la causa de ese amor; fuimos los necesitados de ese amor.
Esto queda bien claro cuando leemos:
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos),” Efesios 2:4-5
La Escritura no dice que estábamos heridos solamente. Dice que estábamos muertos en pecados. Y un muerto no se levanta a sí mismo. Dios nos dio vida en Cristo. Eso es gracia. Eso es misericordia. Eso es amor que no se puede fabricar con emoción humana.
Ahora bien, tenemos que aclarar algo. El amor de Dios no significa que Dios aprueba todo lo que hacemos. Esa es una mentira muy popular hoy, y bastante peligrosa. Hay quienes dicen: “Dios me ama”, pero usan esa verdad como excusa para seguir viviendo lejos de Su voluntad. Hermanos, eso no es recibir el amor de Dios; eso es torcerlo. El amor de Dios no nos deja esclavos del pecado. El amor de Dios nos rescata, nos corrige, nos limpia, nos llama a santidad.
La Palabra declara:
“Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo.” Hebreos 12:6
Como podemos ver, la disciplina de Dios no contradice Su amor. Al contrario, lo confirma. Un padre que ama no deja que su hijo juegue tranquilo en medio de la carretera. Lo llama, lo corrige, lo aparta del peligro, aunque el niño no entienda en ese instante. Así también Dios trata con nosotros.
Por eso cuando nos sentimos lejos de Dios, no tenemos que correr a la culpa como si la culpa fuera salvadora. Tampoco tenemos que escondernos detrás de excusas. Tenemos que volver a Cristo. Tenemos que mirar la cruz y decir: “Señor, si Tu amor fue tan grande que Cristo murió por mí siendo yo pecador, entonces no voy a quedarme lejos, no voy a acostumbrarme al pecado, no voy a vivir como si Tu sangre fuera cosa liviana.”
Juan lo expresó de esta manera:
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.” 1 Juan 4:10
Aquí está el centro. No comenzó con nuestro amor por Dios. Comenzó con Su amor por nosotros. No comenzó con nuestra búsqueda. Comenzó con Su misericordia. No comenzó con nuestra fuerza. Comenzó con Cristo entregado por nuestros pecados.
Y esto produce algo en el corazón que ningún regaño humano puede producir por sí solo. Produce arrepentimiento verdadero. Porque cuando uno mira la cruz, y entiende aunque sea un poquito lo que Cristo sufrió por nuestros pecados, el pecado ya no se ve tan pequeño. La desobediencia ya no se siente tan normal. La frialdad espiritual ya no se puede justificar tan fácil. La cruz le quita el maquillaje al pecado.
Aplicación para buscar el amor de Dios
Hoy tenemos que examinar cómo estamos respondiendo al amor de Dios. No basta con decir: “Dios me ama.” La pregunta es: ¿ese amor nos está llevando a Cristo, o lo estamos usando para quedarnos igual? ¿Nos está moviendo al arrepentimiento, o solo lo repetimos para callar la conciencia?
Haz algo práctico hoy. Aparta unos minutos y lee Romanos 5:8 despacio. Después pregúntate: ¿hay algo en mi vida que estoy justificando, aunque Cristo murió para librarme de eso? Si el Espíritu Santo te muestra un pecado, no lo defiendas. Confiesa. Arrepiéntete. Vuelve al Señor. La gracia no fue dada para que juguemos con las cadenas, sino para caminar en libertad.
También recuerda esto: si has fallado, no corras lejos de Dios. Corre a Cristo. El perdón no se encuentra escondiéndonos, se encuentra viniendo a la luz. El enemigo acusa para destruir, pero Dios corrige para restaurar. Hay una gran diferencia. No confundamos la voz del acusador con la mano del Padre.
Conclusión
El amor de Dios no es una frase para decorar el día. Es una verdad que nos lleva a la cruz, nos humilla, nos limpia, nos levanta y nos llama a vivir en santidad. Cristo no murió para que nosotros sigamos lejos, como si nada hubiera pasado. Cristo murió para reconciliarnos con Dios y hacernos Su pueblo.
Así que hoy no midamos el amor de Dios por nuestras emociones. Miremos la cruz. Allí Dios mostró Su amor. Allí Cristo cargó nuestro pecado. Allí la gracia habló más fuerte que nuestra culpa. Volvamos al Señor con fe, con arrepentimiento y con obediencia.
“Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” 1 Juan 4:19













































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