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Devocional día 76: La oración en tiempos duros

17 ago
6 min de lectura

Busca la oración cuando no sabes que hacer en tiempos difíciles.

“Claman los justos, y Jehová oye, Y los libra de todas sus angustias.” Salmo 34:17

Introducción


La realidad es que hay momentos en la vida donde uno no sabe qué hacer. No porque falte información solamente, sino porque el alma se siente apretada, como si alguien hubiera cerrado una puerta por dentro y uno estuviera tocando desde el pasillo. Hay decisiones que pesan. Hay problemas que no se resuelven con una conversación rápida. Hay cargas familiares, financieras, espirituales, emocionales, y uno mira alrededor buscando una salida, pero todo parece igual. Y es exactamente en esos momentos que tenemos que recordar una verdad que no envejece: la oración en tiempos duros no es el último recurso del creyente; es el primer paso de un corazón que sabe que Dios oye.

Hombre orando frente a una Biblia abierta en un ambiente cálido y tranquilo, con el texto dorado “LA ORACIÓN EN TIEMPOS DUROS”.

Lee la Palabra de Dios

“Claman los justos, y Jehová oye, Y los libra de todas sus angustias.” Salmo 34:17

Reflexiona


Como podemos apreciar, el salmista no dice que los justos viven sin angustias. Eso es muy importante. Muchas veces nosotros formamos ideas equivocadas de la vida cristiana, y pensamos que si estamos caminando con Dios, entonces no tendremos momentos de presión, lágrimas, oposición, incertidumbre o cansancio. Pero el texto dice algo diferente. Dice que los justos claman, y si claman, es porque hay angustias reales.


Digo esto porque una de las mentiras más dañinas que el enemigo siembra en la mente del creyente es esta: “Si estás sufriendo, Dios no está contigo.” Pero eso no es lo que enseña la Palabra. David conoció cuevas, persecución, traición, miedo, soledad y batallas. Y aun así pudo declarar que Jehová oye el clamor de los suyos. En otras palabras, el sufrimiento no cancela la presencia de Dios, y la angustia no significa que el cielo está cerrado.


El versículo dice: “Claman los justos.” Fíjense bien que no dice: “Los justos se rinden.” No dice: “Los justos se esconden para siempre.” No dice: “Los justos resuelven todo con su propia fuerza.” Dice que claman. Y clamar no es repetir palabras vacías. Clamar es abrir el corazón delante de Dios con dependencia, con humildad, con fe, con esa sinceridad que ya no tiene fuerzas para aparentar nada.


Preguntémonos algo: ¿a quién acudimos primero cuando la vida se complica? Porque ahí se revela mucho de nuestro corazón. Algunos corren primero al teléfono. Otros corren a la queja. Otros corren a sus propios planes. Otros se encierran por dentro y actúan como si nada pasara, pero por dentro están cayéndose en pedazos, una viga del alma tras otra. Y claro, buscar consejo sabio puede ser correcto, y tomar medidas responsables también, pero nada debe ocupar el lugar de la oración.


La oración no cambia a Dios, como si Él estuviera distraído y nosotros tuviéramos que despertarlo. La oración nos coloca a nosotros en el lugar correcto delante de Él. Nos recuerda que somos criaturas dependientes. Nos baja del trono falso del control. Nos enseña a decir: “Señor, yo no puedo con esto solo, y tampoco fui creado para vivir como si Tú no existieras.”


Esto queda bien claro cuando leemos:

“E invócame en el día de la angustia; Te libraré, y tú me honrarás.” Salmo 50:15

Dios no nos llama a negar el día de la angustia. Nos llama a invocarlo en medio de ese día. Hay una gran diferencia. La fe bíblica no se pone una máscara y dice: “Todo está bien”, cuando todo está ardiendo por dentro. La fe bíblica mira el fuego, pero después mira al Dios que gobierna sobre el fuego.


Ahora bien, tenemos que entender algo con cuidado. La oración en tiempos difíciles no significa que Dios siempre responderá como nosotros queremos, ni cuando nosotros queremos. Esta es una de las áreas donde muchos tropiezan. Oran una vez, oran dos veces, no ven respuesta inmediata, y empiezan a pensar que Dios no oye. Pero la Escritura no nos manda a medir el oído de Dios por la rapidez de la respuesta. Nos manda a confiar en Su carácter.


El Señor Jesús nos enseñó a orar con confianza, pero también con sumisión. En Getsemaní dijo:

“Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.” Mateo 26:39

Aquí vemos el clamor más santo, más profundo, más perfecto. Cristo no escondió el peso de Su alma, pero se rindió completamente a la voluntad del Padre. Y si nuestro Señor oró así, entonces nosotros también tenemos que aprender a traer nuestras cargas delante de Dios sin tratar de darle órdenes al cielo.


La oración verdadera no es manipulación espiritual. No es torcerle el brazo a Dios. No es usar palabras religiosas como monedas para comprar una respuesta. La oración verdadera nace de un corazón que reconoce que Dios es santo, sabio, bueno y soberano. Por eso podemos pedir con libertad, pero también tenemos que rendirnos con reverencia.


El Salmo también dice: “y Jehová oye.” Hermanos, esto es medicina fuerte para el alma. Dios oye. No estamos hablando al techo. No estamos lanzando palabras al aire. No estamos llorando frente a un cielo vacío. El Dios vivo oye el clamor de los justos. Tal vez la respuesta no llega con el ruido que esperábamos, pero Dios oye. Tal vez la situación todavía no cambia, pero Dios oye. Tal vez la noche sigue larga, pero Dios oye.


Y cuando el texto dice que Dios libra “de todas sus angustias”, no debemos leerlo de manera superficial, como si significara que nunca habrá procesos, pérdidas, correcciones o esperas. La Biblia completa nos enseña que Dios libra a los suyos de diferentes maneras. A veces libra cambiando la circunstancia. A veces libra sosteniendo al creyente dentro de la circunstancia. A veces libra cerrando una puerta que nosotros queríamos abierta. A veces libra quitándonos algo que estaba dañando el corazón. Pero siempre libra conforme a Su sabiduría, no conforme a nuestra prisa.


Por eso Pablo escribió:

“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.” Filipenses 4:6

Notemos que la oración no aparece separada de la gratitud. Aun en tiempos difíciles, el creyente recuerda quién es Dios, lo que Dios ya ha hecho, y lo que Cristo consumó en la cruz. La gratitud no borra la angustia, pero le pone una cerca. No permite que la angustia corra por toda la casa del corazón rompiendo ventanas.


Y el resultado no siempre es una explicación inmediata, sino una paz que Dios da. La paz no porque todo se resolvió, sino porque el corazón fue llevado delante del Señor. La paz no porque entendemos cada detalle, sino porque sabemos que el Padre no ha dejado de reinar. La paz no porque somos fuertes, sino porque Cristo es nuestro refugio.


Aplicación para una oración en tiempos duros


Hoy tenemos que revisar nuestra reacción cuando llegan los tiempos difíciles. ¿Corremos primero a Dios, o lo dejamos para después? ¿Presentamos nuestro clamor delante del Señor, o gastamos todas nuestras fuerzas hablando con el temor, con la queja, con la desesperación? La fe no se demuestra solo cantando cuando todo está tranquilo; también se demuestra clamando cuando el alma no sabe qué hacer.


Haz algo práctico hoy. Aparta unos minutos sin distracción. No para hacer una oración larga por obligación, sino para hablar con Dios con sinceridad. Nombra delante de Él aquello que te preocupa. No lo maquilles. No lo adornes. No trates de sonar más fuerte de lo que estás. Dile al Señor la verdad, y después somete esa carga a Su voluntad.


También toma Salmo 34:17 y léelo en voz alta. Después repite esta verdad con reverencia: Jehová oye. No como una frase mágica, sino como una confesión bíblica. Y si hay algo que tienes que obedecer, obedécelo. Si tienes que pedir perdón, hazlo. Si tienes que dejar un pecado, déjalo. Si tienes que esperar, espera con fidelidad. La oración no sustituye la obediencia; la oración nos fortalece para obedecer.


Conclusión


La oración en tiempos difíciles no es señal de debilidad; es señal de dependencia. El creyente que clama no está derrotado. Está reconociendo que su socorro viene de Jehová. Y esto tenemos que guardarlo bien en el corazón, porque tarde o temprano todos pasamos por días donde no sabemos qué hacer.


Cuando llegue ese día, no permitas que la angustia sea tu consejera principal. Clama al Señor. Él oye. Él sostiene. Él guía. Él corrige. Él libra conforme a Su voluntad perfecta. Y sobre todo, recuerda que Cristo abrió el camino para que nosotros podamos acercarnos confiadamente al trono de la gracia. Por eso hoy no nos quedamos mudos ante el dolor; elevamos nuestro clamor al Dios vivo.

“Cercano está Jehová a todos los que le invocan, A todos los que le invocan de veras.” Salmo 145:18

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