La gracia infinita de Dios
- Luis Jefferson Tumailla

- 23 jun
- 7 min de lectura
Gracias Dios por tu infinita gracia
Introducción
En América estamos condicionados a dudar de todas las ofertas gratuitas que se nos hacen por cualquier vía. Enseguida pensamos que: o es una estafa o no tiene calidad lo que nos ofertan. Y siempre decimos “en este país nada es gratis”.
Pero qué bueno que en el reino de Dios no ocurre lo mismo. Cuando los cristianos predicamos acerca de la gracia de Dios que trae salvación, y decimos que esa gracia es gratuita, realmente es gratuita y sin acepción de personas.

Aunque, debo decirles, que esa gracia inmerecida no significa que sea barata porque tuvo un alto costo. Es como un regalo que se nos ofrece sin precio, pero que fue comprado con la sangre del Cordero.
La palabra traducida como gracia en el Nuevo Testamento proviene de la palabra griega charis [jaris], que significa “favor, bendición o bondad”. De ahí, que en la teología sistemática se define el término bíblico gracia como «un favor inmerecido, que Dios otorga libre y soberanamente al ser humano».
La gracia no se puede ganar, comprar ni merecer; se recibe por medio de la fe y el arrepentimiento, por todos aquellos que desean disfrutarla.
Todos los que escogimos aceptar la gracia de Dios, estamos comprometidos a responder con obediencia, entrega y gratitud al Dios que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.
Aunque tengamos un montón de motivos de que agradecerle a Dios, hoy te invito a darle gracias por su gracia. ¿Por qué dar gracias a Dios por Su gracia? Porque La Gracia de Dios está al alcance de todos
La Biblia dice:
“Porque la gracia de Dios que trae salvación se manifestó a todos los hombres.” Tito 2:11 BDJ
Dios desea que todos los hombres se salven puesto que Cristo murió por todos. (expiación ilimitada). (1 Timoteo 2:4-6; Hebreos 2:9; 2 Corintios 5:14-15; Tito 2:11-12). Con ese fin, ofrece su gracia a todos de forma ilimitada.
Mientras que la salvación es obra de Dios —absolutamente libre e independiente de nuestras buenas obras o méritos— el ser humano, sin embargo, puede elegir aceptar la gracia de Dios, o bien resistirla y rechazarla.
Aunque muchos rechacen la gracia y cierren su corazón a Cristo, la provisión de Dios permanece abierta. Porque la salvación está disponible para todo aquel que cree. (Juan 3:16; Romanos 10:13; 2 Pedro 3:9)
Nosotros creemos según la Biblia, que la gracia de Dios no discrimina, no excluye, no se limita. No es privilegio de unos pocos, sino provisión para todos. No está limitada a una nación o a una raza en particular, sino que abarca a todas las razas y todas las naciones del mundo. (Génesis 12:3). La gracia es ofrecida universalmente, pero recibida personalmente. (Romanos 3:23-26).
Te invito a observar tres grandes verdades sobre la gracia ilimitada de Dios que nos inspiran a darle gracias a Dios por su gracia infinita:
1. No hay pecado tan profundo que la gracia no pueda cubrir
La Biblia dice en Romanos 5:20:
“cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia.”
Cuando el pecado vence al pecador, dejándolo débil y sin esperanza, la gracia de Dios sobreabunda, ofreciendo libertad del pecado y de sus consecuencias por medio de Jesucristo.
Gracias a lo que Jesucristo hizo en la cruz, a quien Él es y a lo que Él nos da, el ser humano puede ser liberado de la condición desesperada en la que el pecado lo tiene dominado.
En 1 Corintios 6:9–11, Pablo enumera pecados que caracterizaban tanto a la sociedad corintia como a la vida pasada de algunos miembros de la iglesia: fornicarios, idólatras, adúlteros, afeminados, quienes practican relaciones homosexuales, ladrones, avaros, borrachos, maldicientes y estafadores.
Después de citar este horrible catálogo de vicios, naturales y antinaturales, Pablo proclama el triunfo del Evangelio: “Y eso eran algunos de ustedes, pero ya han sido lavados, ya han sido santificados, ya han sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Corintios 6:11). (Gálatas 2:20).
El poder del evangelio se demuestra en que puede tomar lo más vil de la humanidad, regenerarlo por la gracia, y hacerlo hijo de Dios.
No importa cuán grande o terrible sea el pecado, ni cuán bajo haya caído el pecador: la gracia de Dios excede al pecado en poder, profundidad y alcance.
Mientras el pecado esclaviza y mata, la gracia de Dios en Cristo libera y da vida (Juan 10:10; Romanos 6:23; 8:2; Gálatas 5:1).
Mientras el pecado condena a sus víctimas, la gracia de Dios las justifica y paga su deuda. (Romanos 8:1; Colosenses 2:13-14).
Mientras el pecado separa, enferma y divide, la gracia de Dios reconcilia, sana las heridas y restaura las relaciones rotas, ya sea en la familia, en la iglesia o en la comunidad. (Efesios 2:13–14; Colosenses 1:20).
1 Juan 1:9 dice:
«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad».
No importa cuán grande sea la maldad de nuestras acciones, ni cuán profundo sea nuestro pecado: el sacrificio de Cristo ya pagó el precio para el perdón. (Isaías 1:18).
2. No hay historia tan rota que la gracia de Dios no pueda redimir
La gracia no se detiene ante la gravedad de aquellas historias que parecen insalvables, porque la gracia de Dios desciende hasta lo más profundo para levantar al caído y ofrecerle una nueva oportunidad.
En 2 Crónicas 33:1–20 encontramos la historia del rey Manasés, uno de los monarcas más perversos que gobernaron Judá.
Imagínese: este rey practicó la idolatría, se entregó a la hechicería, sacrificó a sus propios hijos a Moloc e hizo extraviar a los moradores de Jerusalén y de Judá, para hacer más mal que las naciones que el Señor destruyó delante de los hijos de Israel. (2 Crónicas 33:9).
Sin embargo, dicen las crónicas que:
“Mas luego que fue puesto en angustias, oró a Jehová su Dios, humillado grandemente en la presencia del Dios de sus padres… Dios oyó su oración y lo restauró a Jerusalén, a su reino. Entonces reconoció Manasés que Jehová era Dios.” 2 Crónicas 33:12-13
La historia de Manasés es un ejemplo memorable de las riquezas de la misericordia perdonadora de Dios y del poder de su gracia regeneradora, cuando hay un arrepentimiento verdadero y sincero.
En Juan 8:3–11, una mujer sorprendida en adulterio es llevada ante Jesús por los escribas y fariseos, no para aplicar la ley, sino para tenderle una trampa. Aunque la ley de Moisés ordenaba la muerte para ambos culpables (Levítico 20:10), Jesús responde con sabiduría y gracia:
“El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella.” Juan 8:7
Esta condición confrontó a cada uno con su propia conciencia, y todos comenzaron a retirarse, comenzando por los más ancianos, hasta que Jesús quedó solo con la mujer. (Juan 8:9). Entonces Jesús extendió su gracia al decirle:
“Ni yo te condeno; vete, y no peques más”. Juan 8:11
El Señor no justificó su pecado, sino que la confrontó con él y la llamó a dejar atrás su antigua vida: “vete, y no peques más.” Una gracia que no ignora el pecado, pero que ofrece restauración.
Similar fue el caso de la samaritana, quien había tenido cinco maridos y vivía con un hombre que no era su esposo. Sin embargo, Jesús le ofreció agua de vida eterna (Juan 4:1–25).
A la mujer pecadora en casa de Simón el fariseo, Jesús no la rechazó a pesar de su mala reputación, sino que le dijo:
“...Tus pecados te son perdonados” Lucas 7:48
Y al ladrón que colgaba de la cruz junto a Él, quien se interesó por Su reino, Jesús le respondió:
“...Hoy estarás conmigo en el paraíso” Lucas 23:43
No importa cuán rota esté nuestra historia, ni cuán irremediable parezca: la gracia de Dios puede redimirla.
3. No hay corazón tan endurecido que la gracia no pueda tocar
Son innumerables las historias —tanto en la Biblia como fuera de ella— que dan testimonio vivo de que no hay alma tan lejos que Cristo no pueda alcanzar. Recordemos que Él vino a buscar y salvar lo que se había perdido (Lucas 19:10).
Cuántas personas atrapadas en el alcohol y las drogas, con el corazón endurecido por el abandono y la culpa, y dadas por perdidas incluso por sus propios familiares… sin embargo, la gracia de Dios las ha tocado, y han sido transformadas por el poder del Espíritu Santo.
Personas cautivas de la depresión y la ansiedad crónica, marcadas por heridas emocionales profundas y con corazones endurecidos por el dolor… sin embargo, en un momento de desesperación, claman a Cristo, y la gracia de Dios las alcanza y transforma.
Muchos matrimonios y familias han sido restaurados por la gracia de Dios, justo cuando todo parecía perdido. Porque la gracia no solo transforma personas, sino que sana y renueva hogares enteros.
La Biblia está llena de historias de personas con corazones endurecidos que fueron tocadas por la gracia de Dios y transformadas por su poder. Entre ellas, la conversión de Pablo al evangelio es uno de los testimonios más contundentes y poderoso del Nuevo Testamento que evidencia que no hay alma tan lejos ni tan endurecida que la gracia de Dios no pueda alcanzar (Hechos 9; 22:6–16; 26:9–18).
En su carta a Timoteo, y en pocas líneas, Pablo reconoce su pasado oscuro —blasfemia, persecución y arrogancia— y exalta la misericordia de Dios que lo alcanzó en medio de su ignorancia, derramando sobre él gracia abundante, junto con la fe y el amor que hay en Cristo Jesús.
“Pero la gracia de nuestro Señor se derramó sobre mí con abundancia, junto con la fe y el amor que hay en Cristo Jesús.” 1 Timoteo 1:14 NVI
Pablo no olvidaba de dónde el Señor lo había sacado. Su fe, su amor y su entrega nacían de una profunda conciencia de la gravedad de sus pecados pasados. Él sabía que era un pecador perdonado, un perseguidor transformado, y un hombre alcanzado por la gracia cuando ya no había esperanza.
Aunque Ezequiel 36:26 es una promesa específica para la restauración de Israel, no cabe duda de que la gracia de Dios puede alcanzar incluso al corazón más endurecido.
“Les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes. Les quitaré ese terco corazón de piedra y les daré un corazón tierno y receptivo.” Ezequiel 36:26 NTV
Conclusiones
Este año quizás tengas muchos motivos para darle gracias a Dios: por tu familia, tu salud, tu trabajo o negocio, tu profesión, tus estudios, una nueva relación sentimental, o por la iglesia donde te congregas.
Todos son motivos legítimos. Pero que ninguno de ellos te haga olvidar que debes darle gracias a Dios, sobre todo, por Su infinita gracia.
Por Su gracia disfrutamos del perdón de Dios.
Por Su gracia podemos caminar con Él y recibir poder para servir en Su obra con excelencia.
La gracia es la voz que nos incita al cambio y que luego nos da el poder para llevarlo a cabo.
Llamado a Salvación…
Hoy Cristo te llama a arrepentirte de tus pecados y a creer en Él como tu Señor y Salvador. Si confías en Él, Él te perdona, te hace hijo de Dios y viene a morar en tu vida. ¿Quieres hoy dar ese paso de fe, y entregar tu vida a Cristo y confesarlo como tu Señor y Salvador personal?
Reconciliación…




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