Devocional día 63: ¿Qué ve Dios cuando oramos?
- Luis Jefferson Tumailla

- hace 3 días
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Él ve lo que hay en tu corazón
"Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. 11 El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; 12 ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. 13 Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. 14 Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido" Lucas 18:10-14 RV60
Una historia de dos realidades
Jesús nos cuenta la historia de dos hombres que fueron al templo a orar. A simple vista, ambos estaban cumpliendo con un deber religioso. Sin embargo, sus corazones estaban en lugares opuestos. Uno representaba la confianza en las reglas, mientras que el otro representaba la confianza en la misericordia.

Esta parábola no solo describe un evento antiguo, sino que funciona como un espejo del corazón donde se refleja nuestra verdadera intención al buscar a Dios. Mientras uno de estos hombres usaba sus palabras para construir un monumento a su propio ego, el otro las usaba para reconocer su fragilidad absoluta.
A través de este relato, Jesús rompe la fachada de la religiosidad externa para enseñarnos que el cielo no se gana con méritos acumulados, sino con una entrega sincera. Es una invitación a dejar de comparar nuestra santidad con la de los demás y empezar a medir nuestra necesidad frente a la santidad del Padre. En última instancia, lo que define el destino de nuestra oración no es la elocuencia de nuestras frases, sino la disposición de un espíritu que se sabe profundamente necesitado de gracia.
El Fariseo: Atrapado en su propia “bondad”
El fariseo de esta historia no era un “mal hombre” según los estándares del mundo. Él ayunaba, daba dinero y se alejaba del pecado. El problema no era lo que hacía, sino por qué lo hacía. Él pensaba que sus obras le daban derechos ante Dios.
Esto es lo que llamamos “salvación por obras”. El fariseo se engañaba a sí mismo creyendo que su currículum religioso era suficiente. Actuaba sin amor y sin sinceridad, usando su religión como un escudo para no admitir que necesitaba un Salvador. Al compararse con los demás, se sentía superior, pero ante la santidad de Dios, sus obras no tenían valor porque les faltaba humildad.
El Publicano: La belleza de las manos vacías
Por otro lado, el publicano (un cobrador de impuestos) sabía que no tenía nada bueno que ofrecer. Su postura con la cabeza baja y golpeándose el pecho mostraba un corazón quebrantado. Él no intentó negociar con Dios ni presentar una lista de logros. Solo pudo decir: “Dios, sé propicio a mí, pecador”.
Esta es la esencia del Evangelio: Dios no busca que seamos perfectos por nosotros mismos, sino que reconozcamos que necesitamos Su gracia. El publicano fue el que regresó a casa justificado porque abrió la puerta de su corazón de par en par, aceptando que solo el sacrificio de Cristo (quien pagó por nosotros en la cruz) podía limpiar su pasado.
Una verdad para el corazón
Hoy día, es fácil actuar como el fariseo. Podemos ir a la iglesia o ayudar a otros solo por costumbre, sin que Cristo realmente viva en nuestro interior. Pero la verdadera fe es una relación, no una lista de tareas. Debemos confesar a Cristo no solo con palabras, sino rindiendo nuestro orgullo.
Dios trata con nosotros, la salvación nunca depende de lo que nosotros logramos, sino de la bondad de Dios:
Somos salvos, no por nuestros méritos, sino por gracia: gracia libre y soberana.
Conclusión
¿Estás dispuesto a humillarte ante Dios hoy? No necesitas ser perfecto para acercarte a Él; solo necesitas ser sincero. Dios prefiere un corazón arrepentido que una religión vacía. Confía en Su amor y permite que Su gracia transforme tus obras en un acto de amor genuino, no de obligación.
Oración
Señor, perdóname por las veces que he confiado en mis propias fuerzas. Ayúdame a ser humilde como el publicano y a descansar en tu gracia infinita. Amén.




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