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Dios perdono tu pasado

Introducción


Hoy me inclino a reflexionar sobre un tema que siempre permanece vigente: cómo lidiar con nuestro pasado. Esta es una realidad que atraviesa toda la Escritura, desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

 

Te invito a que conversemos por unos minutos sobre tres verdades fundamentales acerca de nuestro pasado y cómo Dios, en su gracia y sabiduría, trata con él.

Anclarse al pasado detiene el progreso


El pasado puede convertirse en un ancla que impide avanzar hacia el propósito de Dios.


En Éxodo 16 se recoge la triste historia de cuando los israelitas se quejaron de Dios y murmuraron contra Moisés y Aarón porque añoraban las ollas de Egipto, olvidando que esas ollas eran símbolo de esclavitud.

 

Éxodo 16:3 DHH

“¡Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto! Allá nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos hasta llenarnos, pero ustedes nos han traído al desierto para matarnos de hambre a todos.”

Esta gente estaba tan aferrada emocionalmente a Egipto, que perdió la confianza en el Dios que los había sacado de la esclavitud y que ahora los guiaba con mano poderosa hacia la libertad plena.

 

Deseaban volver atrás, aunque eso implicara renunciar a la promesa de una tierra que Dios había hecho a Abraham, Isaac y Jacob, y que ahora estaba cumpliendo en ellos.

 

Que el Señor nos libre de asumir tal actitud, y nos enseñe a desear todo lo nuevo y bueno que Él tiene preparado para nosotros hoy, en este presente que también es terreno de Su gracia. Que el Espíritu Santo nos capacite para mirar siempre hacia adelante con fe, sin nostalgia por lo que quedó atrás.

 

En 1 Corintios 10:5-6,11 Pablo utiliza parte de la historia de Israel en el desierto —su incredulidad, idolatría, murmuración y desobediencia— como una advertencia para la iglesia de todos los tiempos.

 

Nos llama a no cometer esos mismos errores, sino a vivir con fidelidad, gratitud y obediencia, conscientes de que estamos en una carrera espiritual hacia la promesa firme y segura que tenemos en Jesucristo, nuestro Salvador.

 

Otro ejemplo que demuestra que el pasado puede convertirse en un ancla que impide avanzar hacia el propósito de Dios es la historia de la esposa de Lot, el sobrino del patriarca Abraham.

 

Esta mujer, al volver su mirada para ver todo lo que dejaba en Sodoma, se convirtió en una estatua de sal. Su apego al pasado le impidió abrazar la salvación que Dios estaba ofreciendo a toda su familia.

 

Génesis 19:17, 26 recoge este trágico momento:

“Tan pronto como los sacaron, uno de los ángeles dijo: —¡Si quieren salvarse, corran! ¡No miren hacia atrás, ni se detengan en el valle! ¡Huyan a las montañas, y pónganse a salvo! De lo contrario, ¡serán destruidos! Pero la esposa de Lot miró hacia atrás, y quedó convertida en estatua de sal.” (TLA).

Esta mujer, que había sido casi sacada a la fuerza de Sodoma, tenía su corazón aún en la ciudad. Aunque estaba fuera de Sodoma, Sodoma no estaba fuera de ella.

Quienes no se desprenden de su pasado difícilmente podrán visualizar y creer en el futuro que Dios les ha preparado.

Ni Egipto ni Sodoma —símbolos de nuestro pasado sin Cristo— tienen nada nuevo que ofrecernos. No permitamos que los patrones del pasado sin Cristo —ya redimido por Él— gobiernen nuestras decisiones hoy. Cada día es una oportunidad que el Señor nos da para avanzar en Su llamado y propósito.

 

El profeta Miqueas, al final de su libro, proclama la esperanza de que Dios no solo perdona, sino que sepulta nuestras iniquidades y las arroja al fondo del mar, donde ya no pueden ser recuperadas ni recordadas.


Miqueas 7:19; Cf. Isaías 1:18

“El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.”

Por lo tanto, digamos con firmeza como el apóstol Pablo en Filipenses 3:13-14

“…una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.”

Recordemos que el carácter y la conducta comienzan en la mente. Nuestros actos son influenciados por aquello a lo que damos cabida en nuestros pensamientos. Por lo tanto, debemos enfocarnos en todo lo que conduce a una vida digna y a la paz de Dios.

 

Filipenses 4:8 NTV

“Concéntrense en todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo bello y todo lo admirable. Piensen en cosas excelentes y dignas de alabanza.”

 

El pasado de gloria fortalece nuestra fe


Recordar las obras de Dios no es retroceder, sino avivar la esperanza y fortalecer la fe.

El salmista Asaf revive su fe y alcanza consuelo en medio de su angustia cuando, al recordar los hechos poderosos del Señor con su pueblo Israel en tiempos pasados, se dijo a sí mismo en Salmos 77:11-12 DHH

“Recordaré las maravillas que hizo el Señor en otros tiempos; pensaré en todo lo que ha hecho.”

Cuando el salmista trajo a su memoria la bondad y la fidelidad de Dios, que habían sustentado a su pueblo Israel en medio de las dificultades, esos hechos maravillosos del pasado avivaron su esperanza: Dios es digno de confianza y capaz de cambiar las circunstancias presentes, como lo hizo antes.

 

Recordar las obras de Dios es un poderoso antídoto contra la desconfianza hacia su bondad y sus promesas, porque Él es Dios, y es inmutable. Si Él comienza una obra, la sostendrá, la perfeccionará y la culminará, como lo asegura Pablo en Filipenses 1:6.

 

Cuando enfrentemos nuevas pruebas, recordemos las cosas buenas y maravillosas que Dios hizo en nuestra vida en el pasado, porque el Dios de ayer es también el Dios de hoy.

 

En 1 Timoteo 1:12–17, el apóstol Pablo reconoce su pasado como un testimonio vivo y poderoso del cambio que produce la gracia de Dios en la vida de los pecadores. Convierte sus recuerdos en una alabanza que exalta y da honor y gloria al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios (versículo 17).

 

Le testifica a Timoteo del cambio que Dios operó en su vida en 1Timoteo 1:13

“Yo, que antes era blasfemo, perseguidor e injuriador, fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad”

Pablo trae a la memoria quién era antes de conocer a Cristo, no para condenarse ni entristecerse, sino para exaltar cómo la gracia y la misericordia del Señor lo alcanzaron.

 

Le daba gracias a Dios por haberlo escogido —a pesar de haber sido un acérrimo perseguidor de los cristianos— para convertirlo en misionero de Cristo.

 

Jesucristo, además de perdonar sus pecados, puso Su confianza en él, y de perseguidor lo hizo Su embajador, para representar Sus intereses en la tierra. No lo llamó para recibir honores ni ocupar cargos eclesiásticos, sino para servir a Cristo y a Su iglesia.

 

De ahí que le escribe a los corintios y les dice en 1Corintios 15:10

“por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.”

Pablo ni ocultaba su pasado ni lo exhibía como un trofeo, más bien lo presentaba con claridad para que otros tuvieran valor y esperanza, sabiendo que la misma gracia que lo transformó a él podía transformar también sus vidas.

 

La experiencia de Pablo —y de todos los que nacen de nuevo en Cristo— demuestra que el pasado redimido se convierte en combustible para la fe. No revive el dolor, sino que exalta la misericordia de Dios que lo sanó.

 

Al recordar nuestro pasado, ya perdonado por el poder del evangelio, no nos detenemos simplemente en lo que fuimos ni en lo que hicimos, sino en lo que Dios hizo con aquello que fuimos y con lo que hicimos. Esos recuerdos no nos encierran en la culpa, sino que nos impulsan a la gratitud y al servicio en el Reino de Dios.

 

Cristo no solo perdona el pecado, también redime la historia. Lo que el enemigo quiso usar para destrucción, Dios lo transforma en plataforma de esperanza para otros.

 

2 Corintios 5:17

“De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”

El Dios del pasado está en el presente


Dios es más que un recuerdo, es una presencia viva.


El mismo Dios que abrió el mar rojo, que derribó los muros de Jericó, que resucitó a Lázaro de entre los muertos, está hoy con nosotros. No se quedó detenido en el país desde donde vinimos.

 

Recordemos las palabras de Jesús a sus discípulos antes de ascender al cielo en Mateo 28:20

“he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.”

No vivamos del pasado que no podemos cambiar, sino de encuentros personales con el Cristo de la gloria. No nos alimentamos únicamente de memorias e historias pasadas, sino de experiencias continuas y renovadoras con el Espíritu Santo.

 

El Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios de Pedro y de Pablo, quiere ser también el Dios de nuestro ahora, el Dios de nuestro presente. Su fidelidad permanece.

 

El Señor está presente en cada uno de nuestros procesos. Nada le toma por sorpresa. Como dice una alabanza: “Todo lo sabes de mí, cuando miras el corazón. Todo lo puedes ver muy dentro de mí. Sé que es tu fidelidad la que lleva mi vida más allá de lo que puedo imaginar. Sé que no puedo negar que tu mirada puesta en mí me llena de tu paz.”

 

En el desierto, en la lucha diaria, en la espera… Él sigue siendo Emanuel: Dios con nosotros.

 

Hoy te hago un llamado, iglesia: No vivas de reliquias espirituales. Vive del maná fresco que cae cada mañana. Recordemos que el Dios que fue ayer con nosotros, es y será siempre el mismo. Él no cambia.

 

Conclusión


El Señor no nos llamó a su luz admirable para que vivamos encadenados a un pasado que ya él perdonó y redimió en Cristo.

 

Al terminar mi reflexión te aconsejo:

 

  • No te detengas en lo que fuiste, camina en lo que Dios está haciendo contigo ahora.

  • No te conformes con memorias, busca encuentros.

  • No solo recuerdes lo que Dios hizo, cree en lo que está por hacer.

 

En Isaías 43:18-19 Dios llama a su pueblo:

“No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad.”

Llamado a salvación.

Llamado a renovar nuestro pacto de servicio con el Señor.

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